jueves, 28 de febrero de 2013

África en el siglo XXI


Por Raúl Ortiz – Mory
Un año de estadía en África, durante su etapa adolescente, marcó el destino de Jon Lee Anderson. Desde entonces, el periodista de The New Yorker ha regresado con expectativa, y vuelto a partir con nostalgia, al reconocer que el continente más convulsionado del planeta no volverá a ser el mismo donde correteó cuando fue un mozuelo. Lejanos son los tiempos del chico que miraba cómo las múltiples postales compuestas por elefantes y rinocerontes, que corrían por la sabana, adornaban el horizonte multicolor. Eran los mismos años en que las etnias originarias se dirigían de forma reflexiva a los blancos y no los veían como un botín de guerra o como moneda de cambio para liberarlos de secuestros.


De 1998 al 2012 el periodista elaboró 10 crónicas sobre ocho países -Liberia, Angola, Santo Tomé y Príncipe, Zimbabue, Somalia, Guinea, Libia y Sudán- reunidas recientemente en un libro titulado La herencia colonial y otras maldiciones. Todos estos trabajos, publicados en la revista neoyorkina, pueden leerse como una hoja de ruta para entender a África en su posición de continente despojado del colonialismo europeo - de origen francés, portugués, inglés e italiano, principalmente - que lo gobernó durante la primera mitad del siglo XX.

Las historias de Anderson están enfocadas en una realidad donde los señores de la guerra -como Robert Mugabe, Muammar Gaddafi, Charles Taylor o Muhammad Farah Aydid - ya no aparecen como subversivos o golpistas que desean tomar el poder para refundar el continente negro desde una perspectiva de pertenencia primigenia, independiente del manejo de las élites blancas. Ahora, la mayoría de los warlords son hombres entrados en años que amasan fortunas gracias a la renta que les deja la explotación de recursos naturales, en mayoría concesionadas a empresas estadounidenses, europeas o asiáticas.

La corrupción es un mal endémico -comparable a otros que azotan a grandes sectores de la población como la malaria, el cólera o la tifoidea- que se sostiene con las dictaduras que gobiernan a través de métodos de terror como matanzas a civiles, torturas a potenciales adversarios políticos, secuestros a extranjeros, saboteo de elecciones democráticas o desapariciones selectivas. Los señores de la guerra viven de un mundo en conflicto perpetuo por más que quieran maquillar la realidad ante la comunidad internacional. El ideal de estos hombres está marcado por la necesidad de las guerras, llegando a convertirla en la forma de vida de su gente. 

Las escasas convicciones ideológicas de los nuevos guerrilleros que quieren destronar a los gobernantes de facto, otrora libertadores, son puestas en tela de juicio por el periodista. Concluye que África es un lugar que aloja poca expectativa por la nula disposición de sus fuerzas políticas. La población es poco menos que nada para los mandatarios y solo es tenida en cuenta cuando se trata de ganar votos en una de las tantas reelecciones presidenciales, por la vía del amedrentamiento. Otro rumbo que toman los gobernantes africanos es el alineamiento volátil con el gobierno de los Estados Unidos o con grupos fundamentalistas como Al Qaeda. Así, algunos presidentes son pantallas de fuerzas más organizadas a nivel militar.

A diferencia de Ryszard Kapuscinski -el gran reportero polaco que escribió Ébano, uno de los más famosos libros periodísticos sobre África y su ruptura colonial-, Anderson entrevista a más fuentes oficiales, logrando ponerlas en apuros; algo que Kapuscinski, debido a la coyuntura que vivía África hace 60 años, alcanzó en menor grado. El trabajo de campo de Anderson en este libro es menos vivencial - a excepción de lo narrado sobre Liba -, pero más documentado que Ébano. El ´señor K´ nos trasladaba a la litera donde dormía o a un mercado africano que recorría sin protección, mientras que Anderson mira el escenario como monitoreándolo todo para buscar una salida reflexiva y didáctica a su historia. Lamentablemente, a raíz de la publicación de La herencia colonial y otras maldiciones, las editoriales le han fijado a Anderson el título de ´heredero´ del polaco. Nada más risible si tenemos en cuenta que son trabajos distintos de escritura y abordaje periodísticos. Eso sucede cuando el marketing quiere imponerse e intenta comparar a dos altos exponentes del periodismo moderno con tal de vender más ejemplares.

La herencia colonial y otras maldiciones es un libro de alto rigor periodístico, al nivel de otros trabajos del estadounidense como La caída de Bagdad o El dictador, los demonios y otras crónicas. Está escrito con un tono reflexivo que revela sorpresa ante los constantes cambios que experimenta el continente en cuestión. Sin embargo, guarda una cuota de esperanza para que sus problemas se despojen de los fantasmas de la violencia, el hambre, la miseria y la corrupción. “Después de unas pocas generaciones, quizá, las viejas maldiciones pierden su poder y desaparecen. Ojalá así sea”, concluye en su prólogo el autor. ALTAMENTE RECOMENDABLE.

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