jueves, 28 de febrero de 2013

Juegos del destino


Por Raúl Ortiz – Mory
En Juegos del destino (Silver Linings Playbook, 2012), una serie de personajes con problemas de comportamiento y adaptación social son puestos por David O. Russell en un mismo escenario para entretejer una historia de amor, que si bien desemboca en los estereotipos del happy end, no deja que su desarrollo sea artificial ni manido. Protagoniza esta película Jennifer Lawrence, ganadora del Oscar a mejor actriz.


Después de permanecer en un centro psiquiátrico durante ocho meses, Pat (Bradley Cooper) intenta recuperar su trabajo y reconquistar a su esposa. Sin embargo, rehacer su vida no será fácil. Vivir con sus padres condicionado a un permiso que alcanza las instancias policiales – sufriendo los estragos de su bipolaridad – le impide concentrarse en sus objetivos. Una noche conoce a Tiffany (Jennifer Lawrence) – una ninfómana viuda que ha perdido a su esposo policía en un accidente – e inician un acercamiento que a la larga será provechoso para ambos. Ella le podría alcanzar una carta a la esposa de Pat a cambio de que él sea su pareja en un concurso local de baile.

En la última entrega de Russell, el director vuelve a darle protagonismo a los desarraigados sociales. Como ya hiciera con The Fighter (2010) – donde un exboxeador drogadicto intenta llevar al éxito a su hermano menor en el ámbito pugilístico – la intención del cineasta de colocar al ser humano en un camino empedrado de conflictos sirve como medio de exploración para ingresar al plano de los problemas familiares. Además, prevé un concepto de solidaridad cuando sugiere que los conflictos emocionales de sus protagonistas no pueden ser solucionados por ellos mismos, solo alcanzan una salida si llegan a complementarse, si se ayudan.

Si bien a primera vista, Pat y Tiffany cargan con todo el desorden psicológico que expone Russell, son los padres del maestro de secundaria, Pat Sr. y Dolores (Robert de Niro y Jacki Weaver, respectivamente), quienes completan el grupo de excéntricos. Él es un apostador, fanático del fútbol americano, que confía poco, o quizás nada, en su vástago y que toda la vida lo ha comparado con su hermano mayor. Ella es sobreprotectora, casera y hasta cierto punto una mujer sufrida. Por otro lado, Pat tiene un amigo que goza de estabilidad económica pero que vive inconforme por las actitudes de su esposa, ello marca la pauta para que perciba cómo una relación matrimonial se resquebraja lentamente cuando ante los demás todo parece estar bien.

Como vemos, Russell construye cada personaje uniéndolo a otro y dotándolo de un sutil sentido de desorientación que los deja algo confundidos, como en el limbo. Estableciendo un paralelo con Seis personajes en busca de un autor, la famosa pieza teatral de Luigi Pirandello, en Juegos del destino todos están intentando buscar algo o alguien que dirija sus vidas. El lazo entre la desubicación y la esperanza es muy estrecho. Mérito de Russell es que todo el tiempo tiende a llevar al límite el comportamiento de sus personajes dejando a la expectativa si lo que vendrá será un estallido emocional o un conflicto que dará paso a una nueva situación.

Este desdoblamiento de actitudes hace que los personajes se tornen más complejos y pongan en juego su traza emotiva, llegando a revelar más de una sorpresa. Juegos del destino parece previsible pero deja lugar para la duda en cuanto al rumbo que tomarán sus acciones. Tal es el caso del personaje de Robert de Niro – quien sale del molde que lo encuadró en los últimos años en películas irregulares donde no lucía, a excepción de Stone (2010) –. Pat Sr. va mutando de un hombre duro, apasionado y temperamental hacia uno que siente el paso, y el peso, de los años haciendo un mea culpa por la lejanía afectiva que ha caracterizado la relación con sus hijos.

El rol de Jennifer Lawrence, merecido Globo de Oro y Oscar a mejor actriz, es natural y sin los disfuerzos que podría suponer el desenvolvimiento de una joven intérprete que encarna a un  personaje desequilibrado. La diferencia de edades con Cooper – ella tenía 22 y él 37 cuando se rodó la película – no se nota en el filme gracias a su actitud en la ficción y a su madurez como actriz. Lawrence reafirma lo que pudo verse en Winter´s Bone (2010): puro talento con proyección. En el caso de Cooper, su interpretación también es buena y lo empieza a desmarcar del rótulo de hombre sexy que tanto se encargan de promocionar las publicaciones rosas de Hollywood.  

Con esta película Russell pone en evidencia a la familia americana de clase media – aquella del jardín amplio y el cerco blanco de madera – como un grupo social que prefiere ocultar sus defectos a pasar la vergüenza pública. Los rebeldes, Pat y Tiffany, rompen ese orden enquistado en la apacible localidad de Filadelfia. Juegos del destino no es un drama, no es una comedia, ni es netamente una cinta romántica. Es todo a la vez. Sus ingredientes están sopesados en dosis generosas para decir que una historia sencilla de personajes extraordinarios puede ser el reflejo mínimo de nosotros mismos.

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