viernes, 15 de febrero de 2013

“Lo que vive México es una guerra”


Por Raúl Ortiz – Mory

El tráfico de drogas en México ha generado un espiral de muertes violentas que tiene como protagonistas a los cárteles que en asociación con buena parte de la clase política mexicana actúan encubiertos con total impunidad. Diego Enrique Osorno publicó en 2011 El cártel de Sinaloa, un exhaustivo trabajo periodístico que explica detalladamente los orígenes, el modo de operación, las conexiones políticas, el alcance de la distribución de los narcóticos y la complicidad con las autoridades estadounidenses que tiene una de las redes criminales más influyentes del mundo.


La sensación que queda después de leer El cártel de Sinaloa es que una posible solución al problema del narcotráfico en México está bastante lejana o que ni siquiera exista. ¿Qué impide una solución pacífica?
El principal problema que afronta mi país es la falta de una estrategia sincera por parte de la clase política. Lamentablemente, esta misma clase nos ha acostumbrado a los mexicanos a una mediocridad dirigencial espantosa. Hace doce años se dieron las primeras elecciones que podríamos llamar democráticas, después de 70 años bajo el gobierno del PRI, donde resultó ganador Vicente Fox del PAN. Ello generó expectativas en la población. Sin embargo, al mes de que el sucesor de Fox, Felipe Calderón, tomó el poder, quiso encubrir una grave crisis política con una declaración de guerra al narcotráfico cuando no tenía ninguna estrategia para combatirlo. Ello ocasionó, entre otros factores, una serie de actos de corrupción que involucró a autoridades de todos los niveles. Lo que vive México es una guerra por el control del negocio de las drogas y no una guerra para evitar el tráfico de las mismas. El Ejército quiere ser el que controle el tráfico de drogas a Estados Unidos, al igual que la Marina, las autoridades municipales, entre otras instancias. No se trata de ir contra el tráfico de drogas sino de controlar las rutas de distribución. Hay una serie de intereses que toca a las más importantes autoridades mexicanas.

¿Son conscientes los narcos del poder que ostentan y la influencia que tienen en la política y en la sociedad mexicana?
Lo que hay es una costumbre, ‘cultura’ le llaman algunos, donde el narcotráfico es una de las actividades toleradas. Es muy interesante la relación entre el narcotráfico y el poder. Su presencia y permeabilidad está más allá de las zonas públicas donde tiene presencia el gobierno. En México los narcotraficantes no tienen la representación que sí ostentan otros grupos en otros países, por ejemplo como sí la tenían los narcotraficantes de Colombia. En ese caso había una búsqueda del poder por parte del narcotráfico, algo que no se ve en México. En mi país los cárteles buscan asociarse con los gobiernos. Hasta ahora no hay pruebas contundentes que confirmen que los narcos hayan querido controlar el estado federal, sin embargo, es difícil ver que haya un gobierno estatal que no esté de alguna forma respetando esa ‘cultura’ del narcotráfico.

Del libro se desprende que una gran parte de la población ve este problema con resignación, pero también existe un sector que vive de los cárteles, una especie de legalización social respecto a lo ilícito
El primer sector guarda cierta tolerancia siempre y cuando no haya violencia ni actos sangrientos. Lo que rechaza la sociedad mexicana son las decapitaciones, los secuestros, las matanzas. Sin embargo, el transporte y la venta de las drogas son aspectos que llevan años como parte de las actividades de un sector de la población mexicana. Se trata de algo aceptado.

¿Qué rol ha jugado la guerrilla en el entramado del narcotráfico?
Desde hace mucho tiempo el narcotráfico ha sido aliado del ejército mexicano en operaciones de contrainsurgencia que el Estado mexicano ha emprendido. Los grupos guerrilleros de zonas como Guerrero o Chiapas se han enfrentado a los cárteles, lo que hace suponer que es imposible que los narcotraficantes tengan algún tipo de ideología política como podría suceder en otros países. Aquí los narcotraficantes también operan como una especie de fuerza paramilitar.     

¿Cómo fue el trabajo de acceso a las fuentes, sobre todo, el acercamiento a Miguel Ángel Félix Gallardo, el narco más importante de México de los años ochentas?
Fue un trabajo muy lento y sigiloso. Empecé a recopilar información específica sobre el cártel de Sinaloa sin saber que podía conseguir el conocimiento básico y necesario para hacer un libro como este. Sin embargo, con el paso del tiempo conseguí contactar con la familia de Félix Gallardo – quien todavía se encuentra en una cárcel de alta seguridad y que hasta la publicación del libro nunca había hecho declaración alguna –, y ante la posibilidad de tener sus declaraciones, que después obtuve a través de cartas, empecé a definir un punto de referencia para darle sentido al libro.

Después del intercambio de cartas con Félix Gallardo veo que el asunto central del libro no pasa por la figura del líder del cártel sino por lo que hay detrás de todo: la participación política en el narcotráfico y el intento de controlarlo para obtener un beneficio. A partir de esta idea organizo el libro. Tiempo más tarde conversé con sicarios retirados, exgobernadores, un exprocurador, entre otras personas. Es así como voy armando el libro, esforzándome para que las fuentes estén a la vista del lector, para que sean reconocibles, es decir, de carne y hueso. No quería que parezcan parte del mundo de sombras al que realmente pertenecen. La idea es que el lector sepa quién está declarando y sea él mismo el que decida creer o no acerca de las cosas que dicen las fuentes. El cártel de Sinaloa es un viaje informativo convertido en una experiencia narrativa, mínimamente literaria.

¿Cuánto tiempo te tomó realizar el libro entre el trabajo de investigación y de escritura?
En concreto empecé a tomar notas en abril de 2007. A finales de 2008 logro contactar a la familia de Félix Gallardo y reviso más documentación. Es en 2009 que inicio el proceso de escritura con una primera versión que tras terminarla y revisarla podría decir que era algo cercano a un esperpento, como casi todas las primeras versiones que hacemos los periodistas. Este intento inicial tenía a Félix Gallardo como figura central del relato, era un texto muy parecido a un perfil. Sin embargo, me doy cuenta que la historia tenía muchos vacíos y decido abortar el proyecto. Entonces, empiezo a darle una mirada distinta para lo que luego sería El cártel de Sinaloa, con historias periféricas que se cuentan en diferentes ciudades y que con el transcurrir del relato se van centrando en el corazón sinaloense de la mano del Pablo Escobar mexicano, que es Miguel Ángel Félix Gallardo.

También hay un trabajo minucioso de recopilación de datos históricos, algo que para muchos periodistas jóvenes puede parecer un proceso tedioso. ¿Cómo trabajaste este aspecto?
Para esos pasajes del libro tuve la ayuda de Ángeles Magdaleno, una excelente investigadora que conoce cada rincón del Archivo General de la Nación. Fue ella quien me dio la ruta para seguir un camino más fácil y rápido sobre sucesos históricos asociados a los inicios del narcotráfico en México. Su ayuda me sirvió para confrontar las declaraciones del exprocurador de Sinaloa, Manuel Lazcano Ochoa, con documentos oficiales. Además, la investigación histórica ayuda a entender cómo ha ido cambiando y haciéndose más fuerte el narcotráfico en México.

¿Qué tan difícil es ser periodista en México?
Es muy difícil. Estamos viviendo un momento trascendental en la historia de mi país, bajo muchos riesgos. Creo que los periodistas no solo cuentan historias sobre un problema, están siendo parte de la historia. Si no hubiese periodistas sería muy difícil que dentro de 20 o 30 años los historiadores cuenten lo que pasa en México. Estamos en un gran momento aunque paradójicamente estemos en uno de los países donde se asesinan a más periodistas al año.

¿Crees que hay un sector de la prensa que está alineada con el gobierno o con el narcotráfico, ya sea para alcanzar un beneficio o por miedo a represalias?
Lo que hay es mucha confusión. No es fácil adentrarse en este mundo donde a veces los que parecen buenos terminan siendo los malos. Entonces, una manera de protegerse – lo cual me parece bastante respetable – es ceñirse exclusivamente a lo que dice la fuente oficial, a pesar de que esta misma fuente miente. Esto no solo se da en México, también se ve en otras partes del mundo. Existen grandes aparatos de propaganda que buscan maquillar la realidad. La labor de estos periodistas no me parece cuestionable, sólo que es un efecto de la confusión que impera. Pero también veo a una nueva generación de periodistas que busca otro tipo de historias, desde ángulos distintos, con miradas diferentes para contar la problemática del narcotráfico en México, cuestionando todo el tiempo lo que dice la fuente oficial. 

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