miércoles, 5 de noviembre de 2014

El canadiense errante


Por Raúl Ortiz Mory

Después de comprobar que poseía un talento natural con el hipnotismo aplicado a animales, un adolescente Leonard Cohen eligió a una de las criadas de su familia para ponerla en trance. La sentó en una silla, le dijo que relajara los músculos y le mirara a los ojos; luego le pidió que se desnudara. El poder de su voz pausada hizo que la figura femenina se develará a través de la imposición de la voluntad.


En 1970, en la isla de Wight se realizó un concierto que, contra todo pronóstico, reunió a medio millón de personas. Una cifra peligrosa de manejar por la cantidad de gente colocada y pasada de alcohol, sobre todo cuando la expectativa de los organizadores sólo contemplaba un aforo para ciento cincuenta mil asistentes. Cohen actuaría durante la última jornada, después de Joan Baez y Jimmy Hendrix, casi cerrando el festival musical. Kris Kristofferson y Hendrix habían recibido abucheos y una bengala interrumpió la presentación del guitarrista zurdo. La gente estaba incontrolable. Cuando Cohen salió al escenario le contó a la masa una historia que sonó a parábola, además de otras experiencias de su niñez. La muchedumbre escuchó callada, quieta. Entonces, él empezó a cantar. Los ánimos se calmaron. Lo había logrado, nuevamente. Impuso su voluntad a través de la palabra.

Cuarenta y cuatro años más tarde sus canciones más recientes – y también las de otras épocas –, guardan  ese sentido de encantamiento que sólo pueden alcanzar los verdaderos cantautores. Y así como un disco logra ese efecto, un libro también lo puede hacer. Sylvie Simmons, periodista y crítica musical, ha publicado Soy tu hombre. La biografía de Leonard Cohen, un extenso libro de casi 750 páginas donde narra la vida musical y privada del artista canadiense por medio de entrevistas propias – y de archivos hemerográficos – a decenas de personas que conocieron y conocen a Cohen, incluyendo cantantes, poetas, productores, músicos, exparejas, familiares, excompañeros de estudios, maestros y una larga lista de personajes entrañables que desfilan como agradecidos testigos de la vida del cantante.

Si bien el ritmo de la narración no es cercano al de un perfil – caracterizado por las escenas y las descripciones en función a una mirada particular y desprejuiciada –, Simmons tampoco cae en el estereotipo de la biografía – con datos cronológicos a modo de anuario corporativo sin emociones ni detalles inquietantes –, y muestra argumentos racionales, religiosos y emotivos que el lector puede valorar para entender mejor a Cohen, su obra y su entorno. La autora hace un repaso minucioso de la influencia del sexo femenino – y el acto sexual – en la vida del poeta; revela porqué el misticismo y las creencias judía, budista e hinduista moldearon la búsqueda existencial del canadiense; corrobora, por testimonio del propio Cohen, las razones de su vuelta a los escenarios con más de 70 años, más allá de la estafa que sufrió y lo dejó en bancarrota; es decir, Simmons no deja ningún cabo suelto e indaga con profundidad, cruzando datos y mostrando varias versiones cuando algún punto se torna polémico.

De esta manera, el libro también puede ser visto como una guía práctica para cualquier interesado en el mundo de Cohen y la escena musical de Estados Unidos, Canadá y Europa de los últimos cincuenta años. El lenguaje directo y la explicación del origen de varios poemas y canciones son puntos a favor para la periodista. Al final de leer el libro queda claro que Cohen – miembro de la casta sacerdotal y descendiente por línea paterna de Aarón, hermano de Moisés – es un símbolo irrepetible, vigente y atemporal.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada